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lunes, 1 de octubre de 2012

Gracias, Pedro



Bienvenidos a la Posada del Roso, veinte años después, en jueves pero en domingo. Rodeado de muchos de sus hombres –Juan Cobos Wilkins, Jesús Aguado, Eduardo García, Antonio Luis Ginés, José Luis Rey, Pablo García Casado y José Daniel García-, dispuestos como si de un cuadro se tratase (con el rojo de la mesa incluido), Pedro Roso yace en el centro. Ha entrado a la Posada entre abrazos y exclamaciones. No hay sillas libres. El público aguarda de pie, con un extraño furor prendido en los ojos.
 Fotografía de Lola Araque

 Él sigue siendo como lo recuerda Juan Cobos Wilkins, como ese Juan Ramón Jiménez de la foto, erguido, apoyado en un árbol, muy recto, mirando al mundo. Esa verticalidad de ética y estética es la que trasmitió a esos jóvenes, hoy poetas plenos, que acudían a la Posada, lugar de encuentro, cada jueves. Años más tarde, aún sigue siendo faro de todos ellos, luz de referencia en el camino emprendido. “Hoy Pedro es más necesario que nunca, pasada la euforia juvenil, para volver al maestro con un café o con un whisky”, advertía José Luis Rey, el cual, tras contestar torpemente la pregunta que le formulaba Federico Abad, presentador del acto, se disponía a leer un texto –“no sé qué más decirte; yo soy más de leer”, se defendía-. En él nos trasladaba al comienzo de todo: “Era una tarde parda y fría de invierno (…)”. Ellos eran entonces poetas de 18 años, “niños del verbo” con poemas como juguetes, explica José Luis Rey.

Cada cual llegó a la Posada en unas circunstancias distintas. Sin embargo, en todos resuena hoy la misma pregunta: ¿Qué habría sido de ellos sin la Posada? ¿Se habrían comprometido con la palabra de igual forma? Y es que podría decirse que, de una manera extraña y compleja, cambió el mundo entonces, porque llegaron poemas, libros y premios, pero también se forjaron grandes amistades, compañerismos cómplices, y dos parejas (la de Pablo García Casado y Cristina y la de Eduardo García y Rafi), aún al pie del cañón en la realidad cultural cordobesa. Fue época de siembra y abono de muchas de las historias que se materializan hoy.

“Pedro nos enseñó la vocación civil de la poesía”, sentencia Pablo García Casado, porque “te ponía frente a tus propias preguntas” para finalmente formular el interrogante definitivo: ¿escribir poemas o ser poeta? Quizás la respuesta a este interrogante no habría sido la misma sin el empeño constante de Pedro Roso y los encuentros con diversidad de poetas que este organizaba. “Llegar a la Posada era como entrar en un supermercado: uno podía encontrar de todo”, explica Pablo, de ahí que Pedro favoreciera, con este tráfico de influencias y lecturas, que cada cual encontrara su propia voz.
Fotografía de Lola Araque

Anécdotas y elogios se suceden sin que la expresión de Pedro, mástil, apenas se altere. Tan solo algunas risas durante la lectura de José Luis Rey ,al apelar al egocentrismo de unos jóvenes tempestuosos, y en la intervención de José Daniel García, el más pequeño de todos, el “alumno por antonomasia”. Cuando Federico Abad quiso cederle el turno de la contrarréplica, este se negó. “Yo no tengo nada que replicar. Estoy abrumado. ¿Terminamos ahora ya?”, clama Pedro, con su sencillez de siempre, y con un “que sois muy generosos y muy buenos amigos” daba por finalizadas las intervenciones de sus chicos.

Con el último verso de A Córdoba, de Luis de Góngora, declamado sin micrófonos y en penumbra por Antonio Carvajal, el primer poeta invitado al Aula de Poesía, la piel se eriza. Más aplausos y abrazos. Y luego los hombres de Pedro (o Pedro y sus hombres) se fueron de whiskies.

Pálida señorita del paraguas

PD: Anochecía en la Posada del Potro. Rodeados de paredes blancas, vigas de madera y macetas, el cielo (azul clarito), con pájaros aquí y allá que buscaban ponerse a resguardo, anochecía. Incluso, sobrevolaron el cielo de la Posada tres ala delta. Poco a poco, fue despertándose el frescor de los patios de las casas andaluzas. Y luego la noche y la luz. Sí, los homenajes siempre han sido nocturnos; siempre una luz que se enciende al fondo.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La grieta observa las primeras voces del mundo

“En esta eterna primavera de otoño”, comenzaba Roberto Loya, “la lluvia no moja al hombre del paraguas sino que lo afirma (…). Vengan las primeras Voces del Mundo”. Y llegaron, mientras llovía tremendamente y la ciudad era invadida por hombres del paraguas. Javier Lostalé, Jesús Aguado, Juan Cobos Wilkins y Adolfo Cueto inauguraban el ciclo Poetas del Mundo en Córdoba con los ojos puestos en la grieta de la Sala Orive. Jesús Aguado advertía que, si se leían poemas malos, la grieta se abriría y todo se vendría abajo. Por eso el público, expectante, no paraba de mirar la grieta de reojo y comprobar que seguía iluminada, paciente, escuchando.


La grieta, inmortalizada por Lola Araque (tras la cámara)

Javier Lostalé comenzó con su poema “Otoño”, de La estación azul, muy acorde a las circunstancias pseudoinvernales del exterior, para pasar después a la búsqueda de la quietud y a las nubes (“Las nubes nos ignoran pero hay en ellas un soplo carnal”). Pasaba la palabra a Jesús Aguado, que comentaba, antes de iniciar su lectura, el temor que le había despertado encontrarse con una necrológica de un tal Juan Cobos al abrir el periódico. Poco después comprobaba que su compañero de mesa (y de taberna) seguía en el mundo, con la misma voz vibrante que rebusca en la memoria perdida de la madre en Mater (sin duda el momento más emotivo de todo el recital).

Quizás lo más tierno fuera la llamada de la hija de Jesús Aguado, Ada, de seis años, poco antes de iniciar el acto, para exigirle a su padre que leyera sus poemas preferidos, entre ellos El oso de peluche, una nana en la que los ositos cantan y viajan a bordo de un iceberg y hay astronautas en planetas melocotón y topos extraterrestres, y el de la ranita, un haiku que consiguió salvar de un monzón a una rana: “Salta ranita/ el escalón es grande/ pero no existe”. Y la ranita saltaba finalmente y se salvaba. Para que luego digan que la poesía no sirve para nada, precisaba Aguado. Al menos, salva ranitas en medio de un monzón y luego provoca llamadas matutinas de hijas ansiosas por saber que su poema preferido será recitado kilómetros más allá.
De izquierda a derecha, Roberto Loya, Jesús Aguado, Javier Lostalé, Juan Cobos Wilkins y Adolfo Cueto.
Miran la grieta y la lluvia.
Fotografía de Lola Araque

Entre bromas por su posible fallecimiento, Juan Cobos Wilkins, al canto de “más poesía y menos policía, se adentraba en Para qué la poesía. Para escribir, para sanar, concluye, porque también desde el olvido se llega a la pureza del lenguaje. Tras él, Adolfo Cueto, con poemas intimistas que exploran las raíces propias y lanzan una petición: “Recuerda nuestro amor para siempre cuando tú y yo ya no estemos(…)”.

A estas alturas, pasadas las 13.20h, ya no llovía e, incluso, algunos pájaros se posaban sobre los cuadraditos de cristal del techo de la Sala Orive. Las últimas palabras entonces:
-La grieta de Orive, Jesús. Dime si sigue en su sitio.
-Me he estado fijando durante toda la lectura en la grieta (…). Yo creo que hemos cumplido.

Pálida señorita del paraguas

PD: Después llegó la inauguración oficial de Cosmopoética con Carmen Linares en el escenario. El cosmoequipo, guapos y arregladitos todos, se arremolinaba en la puerta del Teatro Góngora con ánimo celebratorio. Hoy empezamos con el ritmo frenético, pero anoche aún quedaba tiempo para festejar que estamos en marcha y que la poesía aún nos hace vivir.

Carmen Linares. Fotografía de Lola Araque